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Secuestros por Carmen Boullosa - escrito por Edgardo Secuestros Carmen Boullosa Cuando el territorio de Texas estaba en veremos -entre indios, mexicanos y gringos (y es un decir “entre indios”, porque el poder comanche controlaba en gran medida a los nativos)-, miles de personas pasaron por el horror de ser cautivos, o, se diría hoy, secuestrados. Como en los tiempos del autor de El Quijote (y como le pasó a el mismo Cervantes) los cautivos eran canjeados por dinero o por bienes, si no esclavizados o asesinados. El caso de la cautiva Cynthia Ann Parker no se olvida. Su familia, de bautistas o baptistas radicales -un tío de Cynthia Ann fundó la primera iglesia protestante en Texas-, muy conectados con las castas políticas, habían fundado Fort Parker en un lugar idílico, al lado del río Navasota. Aunque pareciera ideal, tenía problemas: estaba retirado de las demás fundaciones gringas, y quedaba en la frontera de la Comanchería. En 1836, cuando Cynthia Ann tenía nueve años, los atacaron los comanches. Como los Parkers se creían los legítimos dueños del territorio, las puertas de Fort Parker se encontraban abiertas de par en par, atendían sus cultivos, no portaban armas. Su indefensión pareció un signo de desprecio por el poder comanche. Los detalles se conocen al dedillo porque otra cautiva, también del clan Parker, Raquel Plummer, escribió y publicó su recuento: la técnica fue la comanche que habían padecido los españoles, los mexicanos, y también los apaches, osages, tonkawas y otros pueblos. Los atacaron sin desmontar sus caballos, empalaron a las víctimas, les quitaron el cuero cabelludo, los castraron. La violación era una más de sus estrategias guerreras. Deseaban aterrorizar, y vaya que lo conseguían. Actuaban como narcos vengativos. Se llevaron consigo cinco cautivos, niños y adultas. Cuando ya estaban lejos de Fort Parker (las partidas comanches cubrían distancias enormes), violaron a las adultas repetidas veces, enfrente de los niños. Los comanches conservaron a Cynthia Ann y la adoptaron en toda forma. La llamaron Nauda -Cosa Encontrada-. Cuando tuvo edad, se casó con el Jefe de los noconi, que había participado en el ataque a Fort Parker. Tuvo con él tres hijos -uno es muy famoso, Quanah, el último Gran Jefe del territorio libre de la Comanchería-. Dos décadas después de este ataque, los Texas Rangers atacaron a los noconi; éstos, viéndose perdidos, huyeron. Uno de los jinetes fugitivos llevaba en la cabeza un infante. Los Rangers lo cercan. Es una sorpresa descubrir que el jinete es una mujer, Nauda -Cosa Encontrada-, nuestra Cynthia Ann Parker. Lleva a cuestas a su hija, Flor de la Pradera. Había olvidado el inglés, pero reconoció su nombre cuando lo pronunciaron. Balbuceó torpemente: “yo Chintia An”. La “regresaron” a la familia Parker, le otorgaron tierras y una pensión anual. La pusieron bajo la tutela de sus primos. La cautiva vivió con sus hermanos. Hay bautizos más fuertes que el de agua: así el de la violencia. Cynthia Ann no quería vivir entre los gringos. Imaginarse el sanquintín que eran las comidas familiares: el odio de los Parker hacia los indios, azuzado por el desprecio que sentían por ellos desde antes de aquel ataque, y por el deseo de Cynthia Ann de volver a los comanches. Cuando Flor de la Pradera, su hija, murió de enfermedad, Cynthia Ann se negó a comer. Falleció sin volver a ver a sus otros hijos. Fue un caso entre miles. En 1840, mil mexicanos vivían cautivos de los comanches. Los varones eran peones que cuidaban del ganado y los caballos, las mujeres curaban las pieles de las piezas de cacería. Muchos fueron mercados, vendidos como esclavos o cobrado el rescate a sus familias (un ejemplo: los hermanos Torrey, que comerciaban con los comanches lo que éstos robaban en México, adquirieron una mexicana, Rosita Rodríguez, secuestrada en el norte de Chihuahua en 1845, y a quien compraron tras un año de cautiva por 100 dólares, pero no a su hijo, Encarnación, tornado ya en un comanche). Se conoce el caso de Cynthia Ann por la detallados recuentos escritos, pero más por la notoriedad de su familia. Como sigue ocurriendo hoy día.
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